Las misteriosas muertes de delfines y los detectives que las están resolviendo

En un laboratorio de baldosas blancas del zoológico de Londres, justo al otro lado de la calle de las jirafas, dos investigadores están diseccionando lentamente una marsopa, un cetáceo marino que muchas veces tiende a confundirse con los delfines, cuya diferencia radica en su tamaño: las marsopas son más pequeñas que los delfines, llegando a un máximo de dos metros de largo, mientras que los segundos pueden llegar hasta los tres metros. Los trabajadores, Rob Deaville y Matt Perkins, hallaron al animal varado en la playa de la localidad británica de Somerset hace una semana. Su vientre apareció mutilado por sangrientas cortaduras.

Al principio, los investigadores creyeron que habían sido producidas por la hélice de un bote pero algo les hizo sospechar que esa no era la razón. Deaville y Perkins realizan cerca de cien autopsias al año en más de cien marsopas, delfines y ballenas para la Sociedad Zoológica de Londres. Las aguas del Reino Unido albergan una gran cantidad de todos ellos; alrededor una cuarta parte de las especies conocidas del mundo se han encontrado aquí, desde ballenas jorobadas del tamaño de un autobús hasta lustrosos delfines con nariz en forma de botella, según informa la periodista Shophie Hardach en un reportaje de la ‘BBC’.

Cerca de 600 cetáceos se quedan varados en las costas de Gran Bretaña cada año

“Usamos cadáveres de cetáceos varados en la playa para arrojar un poco de luz sobre su vida, no solo sobre su muerte“, admite Deville, quien lidera el Programa de Investigación de Desperdicios de Cetáceos del Reino Unido (CSIP). Su trabajo ha descubierto las principales amenazas a las que estos animales se enfrentan, como sustancias químicas totalmente prohibidas que permanecen en el agua o impactos de redes de pesca.

Alrededor de 600 cetáceos son arrastrados hasta las costas de Gran Bretaña cada año. Los científicos del CSIP han examinado sistemáticamente 4.000 encallamientos desde 1990, y más recientemente han comenzado a estudiar a tiburones con el objetivo de profundizar en la comprensión de la vida marina. En el laboratorio, rodeados de intrigantes frascos etiquetados con nombres tan curiosos como “pingüino” o “pollo de montaña”, Deaville y Perkins están observando con cuidado y rigor las heridas trazadas en la piel de la marsopa. Las herramientas utilizadas son las más comunes en todos los quirófanos humanos: bisturí, pinzas o un par de tijeras.

Foto: iStock.

Hay algo que no cuadra. Las lesiones son demasiado superficiales para ser de hélice y parece más bien que se deben a picotazos de gaviota. “Deaville corta suavemente una tira de piel y grasa para luego hallar posibles restos químicos acumulados”, narra Hardach. “Un olor pútrido sale de su cuerpo. Por fin me doy cuenta de por qué me preguntaron antes de la autopsia si tenía un estómago fuerte. Algunos observadores como yo se suelen desmayar por el olor y las vísceras del cetáceo muerto”.

Sus depredadores más típicos suelen ser las orcas, algunos tipos de tiburones y también las focas. Pero la verdadera amenaza sigue siendo el hombre y su captura accidental tras enredarse en las redes de pesca, lo que provoca que sufran lesiones terribles, desde perder aletas o rotura de huesos al intentar zafarse. “La captura accidental es una manera muy desagradable de morir para ellas”, reconoce Sarah Dolman, directora de políticas de Whale and Dolphin Conservation, una organización benéfica que lucha por una mejor protección de los cetáceos.

Una de las dificultades para reducir esta pesca accidental es la asombrosa diversidad marina del Reino Unido. “La variedad de especies aquí, no solo delfines y ballenas, sino también aves marinas, hacen que sea francamente difícil llegar a una solución que funcione”, afirma Hardach. “Frente a la costa del sur de Inglaterra, cientos de delfines comunes son capturados en redes de pesca ordinarias cada año”.

Las orcas no van a tener descendencia debido a las sustancias tóxicas, por lo que están en riesgo de desaparecer

Al final, la marsopa que analizaron Deaville y Perkins no murió en una red a causa de esta captura accidental. Aproximadamente una hora después del comienzo de la autopsia y tras separar hígado, pulmones, estómago y ovarios, Deaville determinó que el animal es joven, femenino y se encontraba desnutrido. Había parásitos en sus vísceras, algunos abscesos y una úlcera estomacal, de ahí que existiera la sospecha de haber sufrido una infección que la dejara muy débil para cazar.

Quizás, el hallazgo más sorprendente es la presencia de un tóxico prohibido desde la década de 1980 conocido como bifelino policlorado o PCB y filtrado al mar desde vertederos. Está vinculado a la infertilidad de las especies marinas y se cree que están llevando a la extinción al último grupo de orcas en Escocia. El año pasado, el cuerpo varado de una orca escocesas, apodada “Lulu”, fue descrito como “uno de los animales más contaminados del planeta” por el PCB.

“Es una situación realmente triste”, lamenta Deaville. “No tienen descendencia, por lo que probablemente vayan a desaparecer”. Al llegar la autopsia a su fin, él y Perkins inspeccionan el interior de la cabeza de la marsopa, incluidas las partes que facilitan la llamada ecolocación, la famosa habilidad de los cetáceos para cazar guiados solamente por el sonido. Los restos se tiran en bolsas de plástico para ser incinerados.

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