Javier Torres: “Hay mucho caudillismo en el ADN de la historia política latinoamericana”

Los regímenes autoritarios buscan controlar al máximo la voluntad de sus ciudadanos, monitorear cada uno de sus espacios y reducir sus derechos más básicos a un fragmento mínimo. Javier Torres es antropólogo y comunicador, vivió la Dictadura de Fujimori y emprendió importantes esfuerzos en materia de articulación entre las ONG en un momento en donde la antipolítica se imponía a la orden del día. Fue presidente de Servicios Educativos Rurales y años después, ejerció como Secretario Ejecutivo de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

¿Cuáles crees que son las principales semejanzas entre la Dictadura de Nicolás Maduro y Alberto Fujimori?

Son muchas las semejanzas, tienen que ver con que para que haya Democracia en un país tiene que haber separación de poderes, prensa libre, tienes que tener elecciones libres. Hay otros elementos pero me parece que estos son fundamentales. Tanto en el Perú de Fujimori como en la Venezuela de Maduro no hay separación de poderes. Las leyes de excepción que se van dando, las mismas modificaciones o violaciones que estos gobernantes han dado es lo que configura un escenario dictatorial, allí hay mucha semejanza.

Fujimori tenía un control absoluto del poder, lo otro tiene que ver con un tema de libertad de expresión, que es un factor que tiene que darse bajo determinadas condiciones en estos escenarios. El hecho de que hayan elecciones no garantiza que haya una democracia, por un lado porque el sistema electoral no cumple con los deberes mínimos que deben tener, por ejemplo los calendarios electorales.Un sistema electoral tiene que ser previsible y no debe estar sometido a los caprichos del rol ejecutivo que es un poco que pasa en Perú y que es un poco lo que uno percibe que pasa en Venezuela, me parece que lo que tenemos es una Dictadura como la que sufrimos nosotros.

Lamentablemente hay sectores que no aceptan esta visión porque hay una perspectiva demasiado conservadora para calificar una situación como “Dictadura”. El poder y el Estado pueden funcionar pero no necesariamente son autónomos, que exista un poder judicial no quiere decir que la ley sea igual para todos. En ese sentido uno percibe que hay un trato a la oposición que no responde a estándares mínimos.

¿Cuáles piensas que son las principales diferencias?

A pesar de que son regímenes totalitarios hay unas diferencias claves en cada contexto, el Gobierno de Fujimori fue un régimen que privatizó todo salvo el servicio del agua, se entregó todo el tema minero a transnacionales. Caso Venezuela sucede lo contrario, ahí es diferente porque su lógica ha sido la nacionalización de las empresas y los espacios. Todo está supeditado a los momentos económicos que atravesaron cada uno de los países.

Lo que es claro es que hay una similitud en que ambos tienen una lógica extractiva, básicamente el concepto es extraer el recurso y sacar provecho de los recursos, pero el problema central está en la dependencia de un solo recurso, razón por la que descuidas todo el aparato productivo.

No puedes vivir de un solo recurso, el drama peruano es que lo vivimos en varios capítulos de nuestra historia, pero eso es un boom que algún momento se acaba.

¿Encontraron resistencia entre los movimientos sociales, sobre todo en los Movimientos sociales del cono sur para catalogar la era de Fujimori como Dictadura?

El tema es que si entras en una discusión de teoría política efectivamente se establece que aquella época tenía las características de un régimen autoritario, pone el peso en todo el tema electoral pero es como si tuvieras una mesa de tres patas que se puede sostener con una sola pata, cada parte debe estar bien colocada.

Puede que no encaje con algunas definiciones de dictaduras clásicas, pero es autoritarismo moderno. Realmente no coincide con el modelo de caudillo latinoamericano pero que tienes delante a un aparato que controla todo los poderes del Estado y desde ahí subordina cada elemento. No es una democracia, por lo que las dictaduras también aprenden y se sofistican sus métodos.

A veces se montan estos planes y se confunden, cuando no hay separación de poderes, cuando no hay prensa libre, cuando se tergiversan las elecciones no hay democracia.

En el caso peruano debido a las características de una apuesta privatizadora no hubo una resistencia a esa concepción dado que Fujimori había cerrado el Congreso y luego hubo una elección con denuncias de fraude. Al año siguiente ya estaba interviniendo el Tribunal Constitucional.

Incluso en el caso de Perú para el año noventa y noventa y uno lo que tenemos es la construcción de un recurso que va a reafirmar ese golpe, el discurso fujimorista era un discurso totalmente antipolítico, absolutamente en contra de la búsqueda del consenso, era un discurso que se apoyaba en decir que la política no sirve para nada, la democracia no sirve, hay que ser pragmático, se empezaba a justificar la acción de la privatización.

En la sociedad civil peruana no hubo un gran debate en torno a la consolidación de la dictadura, como si puede haberlo en el caso de Venezuela, donde creo que tiene que ver más bien sobre cómo es percibido el régimen desde otros espacios, otros países, se le percibe como un Gobierno de izquierda que ha generado programas sociales, por allí viene más el tema, de actividades ideológicas que se van generando esa resistencia a denominarla como tal.

Tiene que ver con un tema de percepciones, más con un tema de las experiencias de cada país, ponerse en el lugar del otro.

Censura y Persecución 

Hablando del tema cultural, de los medios. Hoy en día el tema peruano se concibe como una experiencia que uno puede tomar muchas lecciones del post-Fujimori de cómo están reconstruyendo el tejido de los medios y sobre todo del tema comunitario. Ahora cuando comenzó esta andanada de Fujimori ¿Cómo fue la resistencia de los medios de comunicación? ¿Estaban preparados los medios para ello?

Hubo un sector de medios que apoyó a Fujimori incluso hasta el final, hay un grupo que estuvo con Fujimori por esa lógica de que eran medios que respaldaban la reforma neoliberal.

Otro sector y sobre todo el Diario de la República es el que mejor representó eso, siempre fue crítico y denunció las violaciones de Derechos Humanos, lo que hizo Fujimori fue desligitimar a sus directores, levantar calumnias, falsas acusaciones. “¿Quiénes son los periodistas que me incomodan?”. César Hildebrant, era el periodista político más importante del Perú y fue despedido en vivo, en medio de su programa el dueño se presenta y lo despide, acusándolo de que estaba diciendo mentiras.

El régimen era selectivo y apuntaba a algunos periodistas que eran incómodos, había una gran dependencia de los medios a la publicidad estatal, le dejas de dar publicidad estatal a los medios y lo matas. ETambién estaba el tema tributario, donde presionaban y los medios callaban o bajaban el tono. Y después algunos medios fueron literalmente comprados, canales de televisión, algunos diarios fueron adquiridos por el Gobierno.

Los famosos “Vladi-vídeos” muestran a Vladimir Montesinos comprando la línea editorial de algunos medios. Se impedía a toda costa la libertad de prensa, todo era una estrategia de tenaza, donde se desacreditaba a los medios. El diario más importante del país que es “El Comercio” tuvo algunos momentos en que fue más crítico, pero como digo se percibía que había una tendencia a la homogenización de los medios.

Y el otro punto es todo el tema de cómo los programas políticos fueron desplazados de la televisión por propuestas de espectáculos, farándulas, la política era desplazada y no se producía debate, factor que favorecía al fujirorismo.

¿Cuál fue la experiencia de ustedes con ese control y censura de todos los medios?

Habían algunos medios que se mantenían autónomos, la revista “Caritas” siempre ha sido una revista muy importante en el Perú que siempre hacía su trabajo. El Diario la República era otro espacio pero era bastante limitado y habían medios regionales que buscaban relatar lo que sucedía, allí destacan algunas radios comunitarias que ayudaron a que hubieran voces disidentes.

Lo más grave es que los últimos dos años del fujimorismo algunos medios empiezan a ser retirados, por lo que el Grupo el Comercio toma una decisión que fue clave: crear un canal en clave que si se declaraba opositor al Gobierno, esta ventana se convierte en un vehículo para transmitir todas las denuncias.

El único que transmitía las marchas contra el Fujimorismo era el Canal “M” pero era una cobertura limitada. Incluso habían drones, el canal M contrata un helicóptero y el poder se los prohibió, pero ya además los últimos meses del Fujimorismo había muchos ojos de observadores internacionales que agravaban la toma de decisiones.

Hubo muchos periodistas que se la jugaron con las denuncias de casos de desparecidos y el movimiento de DDHH del Perú siempre los ha reconocido. Nosotros tenemos unos premios en el área y tenemos una categoría para periodistas porque nos parece que siempre ha tenido un valor añadido al poner en riesgo su seguridad laboral y personal.

Teníamos una prensa pública absolutamente al servicio de Fujimori, era toda propaganda. Siempre habían resquicios, se abrían ventanas y bueno por allí venían problemas. Siempre hay ventanas por donde se puede entrar.

Quiebre interno y descontento social

En Venezuela ha habido muchos debates sobre la resolución del conflicto, se habla de la transición por colapso, la transición por resolución, en el caso peruano ¿Cómo fue lo que sucedió? ¿Cuál fue el quiebre dominante?

En el caso peruano fue una transición al final por colapso, en el año 2000 es cierto que ya estaba instalada una mesa de diálogo desde que denuncian el fraude de las elecciones pero creo que el Gobierno de Fujimori para el inicio de su tercer mandato había logrado neutralizar la movilización popular, sobre todo debido a un desgaste.

Y allí creo que lo ocurrieron fueron dos elementos: la denuncia de tráfico de armas a la FARC en una operación un tanto incomprensible donde Fujimori sale saludando a Montesinos, cuando el que había hecho el tráfico de armas era Montesinos (risas); fue una operación publicitaria pero como habían cabos sueltos se empezó a dudar que algo raro había en eso y eso evidenció que existía una presión interna.

Y lo otro fue el colapso final que fue entre septiembre y noviembre, que fue la filtración de un vídeo, el primer “Vladi-vídeo” donde se veía al asesor presidencial a Vladimiro Montesinos comprando a un congresista por 30.000 dólares y entonces eso se transmitió por la televisión nacional, eso fue el inicio del colapso.

A los tres días Fujimori tuvo que salir la noche de un domingo a anunciar que convocaría elecciones y señalar que ya no iba a postular. Luego siguió la persecución de Fujimori a Montesinos, la fuga de Montesinos y finalmente la fuga de Fujimori, él fue un presidente que renunció por Fax y nadie en su entorno sabía que estaba renunciando, además se muestra la caradura del personaje, ni siquiera fue leal con los suyos, se fue además tras asegurar que los vídeos que lo comprometían habían desaparecido.

Fue por colapso, hubo una primera etapa de negociación, pero al final régimen se desploma por sus propias contradicciones porque la filtración vino de algún lado, eso quería decir que habían demasiadas fracturas en la coalición gobernante.

Un momento clave fue la pérdida del apoyo popular que también contaba Fujimori que le impidió en algún momento hacer actos públicos ¿Cómo fueron esos momentos?

Hay un momento en la campaña electoral que por primera vez en toda esa década en algunas localidades Fujimori empieza a ser rechazado. Nadie se hubiera atrevido a hacer una manifestación opositora, lo clave de eso es que no era premeditado, todo era espontáneo. Y empezaba el hartazgo en el país del Fujimorismo, pero este tipo de regímenes no acepta irse por la vía electoral, está tan enfrascado en la corrupción que tiene que quedarse.

Ese es otro problema de las dictaduras, los dictadores no se van por voluntad propia, entonces creo que empezaba a percibirse cierto malestar general en las regiones, las promesas de crecimiento no eran pues las que se habían planteado. Eso fue debilitando y también el cansancio, la gente se cansa de este tipo de regímenes, al final se espera que haya una renovación de lo político.

Todo fue una suma de factores, por un lado era el rechazo del poder, por otro un cambio en la situación económica, las contradicciones internas y la evidencia de la corrupción generalizada es lo que termina desplomando al régimen.

¿Qué peso le das al mantenimiento de estos regímenes a la relación clientelar?

No creo que haya una dictadura que se sostenga si no construye una clientela política permanente, salvo que sea una dictadura de tránsito que pase un gobierno para instalar a otro. Las dictaduras que sobreviven son las que identifican a un enemigo al que golpean sistemáticamente, identifican a una clientela que es la que los va a sostener, no hay Gobierno que se sostenga si es que no hay una especie de respaldo popular.

Entonces claro una de las maneras privilegiadas en diversos regímenes en Latinoamérica ha sido el clientelismo político llevado al extremo con el peronismo en Argentina o lo que era el PRI en México, no era la “Dictadura perfecta” como diría Vargas Llosa, sino que seleccionan a una clientela política.

Esto es fundamental, en el caso peruano se hizo a través de los programas sociales. Otro de los cambios que se suscitó fue el cierre del Congreso por unos años y luego se convocó a otro Congreso, durante ese período varias regiones no tuvieron representación porque era un lapso electoral nacional. Entonces las seis o siete regiones con poca presencia electoral no tenían congresistas, no había gobiernos regionales, los gobiernos locales tenían poca fuerza política y se crearon los programas sociales que mantenían una relación directa con el ejecutivo.

Fujimori fue el presidente que más recorrió el Perú, en un día podía estar en tres regiones distintas, llegaba a las comunidades más lejanas y les prometía lo que más le faltaba. Al principio les concedía lo que deseaban, pero con el paso del tiempo esos espacios fueron abandonados.

Los programas sociales de ayuda de todo tipo, junto al acercamiento constante fue lo que sentó la base que lo respaldaba. Pero eso no fue eterno, las expectativas y necesidades cambian.

El peso político que tienen ahora, 30% del electorado tiene que ver con lo que se vivió en ese momento como un reconocimiento de las misiones, de ver al “presidente como al papá que nos da cosas”.

Participación política y consensos

Si uno está convencido que estos procesos no salen por elecciones, ¿Tiene sentido participar en estos procesos?

Es un tema de debate porque estos procesos pueden legitimar a terceros, pueden ser fraudulentos, pero justamente estos procesos captan la atención de la gente. Pueden no ir a votar, pero están atentos a lo que está pasando, las elecciones pueden ser una suerte de caja de resonancia, algunos participan para formar parte, pero si entiendes la lógica de la abstención: siempre es muy difícil lograr una abstención total de la toda la fuerza política, entonces la abstención de unos le da oportunidad a otros.

Lo otro es que todo espacio vacío se ocupa, si se deja el espacio vacío a la dictadura, la dictadura va a ocuparlo todo, porque la gente no necesariamente puede percibirlo así, sólo ven el fraude después, no lo ve antes, sólo cuando ve las pruebas. Es un tema que se ve después de los procesos.

En el tema peruano se puede analizar cómo el tema electoral describe a la sociedad.

¿Llega un momento que por la naturaleza del conflicto se debe comenzar a dialogar con los políticos? ¿Cómo establecer mecanismos de diálogo?

Llega un momento en que los mismos partidos políticos se dan cuenta de su propia falta de legitimidad y aceptan que se siente en la mesa una organización de la sociedad civil o varias que toman la iniciativa para tender puentes, que les muestran que hay un objetivo común: el establecimiento de la democracia.

Algunos partidos políticos cuando se dan cuenta que el Fujimorismo tenía planteado ser un proyecto de 20 años posterior al 2000 en el año 96, cambian la actitud y empiezan ellos mismos a anotarse en un Foro Político, convocados por gente cercana de la política, también se crea la asociación Transparencia, grupo que monitoreo los procesos electorales.

Había que ser muy transparente y profesional. En el caso de las organizaciones de la sociedad civil, no sólo estábamos atendiendo casos en la Corte o denunciando en la CIDH, sino que ya frente a lo que veníamos venir, el hecho de tomar posición frente a la re-elección de Fujimori, marcó en los otros factores que nos darían puntos en común, hay una convergencia de intereses.

Cuando se trabajaban los procesos políticos hay una falsa idea de que los consensos se traducían en una presunta igualdad, no todos tenemos que pensar igual y tenemos diferentes intereses, pero queremos que la democracia se restablezca, unos porque quieren parcelas de poder, nosotros queríamos que se respetaran los DDHH, cada uno respondía a un interés distinto.

Porque nosotros además siempre hemos sido una Coalición de organizaciones que tenía como regla el consenso. Era un directorio de 15 organizaciones, para llegar a un acuerdo, nosotros funcionábamos así, podíamos tener diferentes visiones, tener perspectivas sobre abordajes, pero coincidíamos en el fin.

La política es el arte de llegar a acuerdos, no es solamente tomar al poder es llegar a puntos en común, eso no sucedía con todos, hay con quienes nunca podíamos llegar a un acuerdo, creo que en situaciones de crisis hay que saber dialogar. A veces pueden decir que es una traición de ideales, pero yo no estaba suscribiendo las ideales de este grupo político, no era militar, era encontrar un punto en común.

¿Cuáles consideras que son las deudas del proceso de Transición a la Democracia en Perú?

Los procesos de transición, sobre todo en el caso peruano involucró temas claves como la reforma del sistema de justicia, ahí no se avanzó tan rápido como se debía, a diferencia de lo que sucedió cuando construimos nuestro sistema electoral en un tiempo récord, en cuatro meses pasó de ser una institución controlada por el Servicio de Inteligencia al control ciudadano.

En el caso judicial no hubo un pleno compromiso con la reforma y habían demasiados poderes instalados en el sistema de Justicia. Otro punto fue el tema de la lucha contra la corrupción, se avanzó en sancionar a un conjunto de actores, pero lamentablemente no se mantuvieron los candados para que eso no volviera a pasar.

De ese momento tenemos: Presidente prófugo y otro presidente que tiene todas las acusaciones del mundo pero que nunca es llevado a juicio, ese es Alan García. Tienes todos a los presidentes de los últimos 15 años denunciados y al presidente actual con averiguaciones en el Congreso, entonces conlleva cierta complejidad.

Faltó poner los candados, no bastó con poner presos a los corruptos y lo último es que no se quiso tocar el modelo peruano, y no digo que había que volver a las políticas anteriores pero si había que revisar, en el tema económico se debía llevar determinados casos a la justicia.

¿No genera temor volver a caer en un régimen tal cual Fujimori?

Ahí es donde entra la Reforma del sistema político, los partidos se han reconstruido, pero muchos de ellos no son transparentes, no demuestran cuál es su financiamiento. Se hizo una ley de partidos pero se omitió el tema de los financiamientos, entonces evidentemente eso siempre genera un peligro de volver a soluciones “salvadoras”.

Hay mucho caudillismo en el ADN de la historia política latinoamericana, eso hace que haya una desafección a la Democracia y de alguna manera la gente siente que la Democracia no resuelva problemas.

Frente al colapso de lo político, te lanzaste como candidato ¿La decisión fue personal o impulsada como una acción de empoderar a la sociedad civil?

Fue una decisión individual, siempre he creído que la gente tiene que participar en la política, he promovido que la gente participe en la política, se dio la oportunidad y sí ha sido una experiencia muy interesante y valiosa. Porque cuando entras cambia tu rol y te permitía entender mejor esa área desde un ámbito de acción.

Me pasaba que tenía algunas discrepancias y en medio de una campaña electoral no podías tener contradicciones. La manera que te interpelaban como político era distinta a como lo hacían como activista.

Pero sí me parece muy legítimo que activistas de DDHH, participen en procesos políticos, más no te vuelves el candidato de una organización de la sociedad civil sino que respondes a un partido y tienes que saber diferenciarlo, porque no cumples ninguno de los dos roles.

¿Cómo te introduces en la lucha por los DDHH?

Vengo de una familia que tiene participación en la política desde hace mucho tiempo, mi abuelo fue Vicepresidente del Perú. Hay una tradición familiar por los asuntos públicos. En la universidad ya participaba en actividades políticas, en debates y en iniciativas contrarias al poder.

No milité. Tuve un grupo de DDHH en la universidad que se salía un poco del canon. Luego a partir de mi carrera como antropólogo tuve la oportunidad de trabajar con organizaciones que defendían los derechos de los campesinos. Años después formé parte de la Coordinadora y tuve un reto distinto donde podía utilizar otros mecanismos.


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