Estudiar para progresar: seis inspiradoras historias de superación

María Eugenia Vidal junto a los becados y Kelvin Doe, un joven emprendedior de Sierra Leona

La pantalla detrás de los oradores que expusieron en el auditorio de La Usina del Arte fue enfática. “La educación es la solución”, achacó. En su vigésimo aniversario, la fundación Cimientos organizó su festejo en el que se plasmaron historias de superación. Relatos de carencias económicas, de dificultades familiares, de imposibilidades que luego fueron posibilidades. De sueños ahora posibles.

La gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, fue la encargada de abrir el evento. “Poner en marcha un proyecto es importante y difícil, pero mucho más difícil es sostenerlo. Imagínense sostenerlo 20 años con un fuerte compromiso con el presente y el futuro que genera contagio”, consideró.

María Eugenia Vidal, gobernado de la Provincia, abrió el evento

Vidal aseguró que, en su recorrido por “los lugares más pobres de la Ciudad y la Provincia”, reconoció una cara peor que las propias carencias: la resignación, sentir que no se puede. “Cualquier cosa que valga la pena es difícil, pero también cuando uno lo logra hay una sensación única. En ese camino no están solos. Hay muchos adultos dispuestos a acompañarlos”.

[17:37, 13/11/2017] Mercedes Porto: Miguel Blaquier, MEV, Carlos Tramutola y Marcelo MiniatiMiguel Blaquier, presidente de Cimientos, Vidal, Carlos Tramutola, su fundador, y Marcelo Miniati, su director ejecutivo

Algunos de esos adultos se encuentran en Cimientos. Fundada en 1996, con profesionales de campos variados, pero con un objetivo común. La misma que hoy se muestra en la pantalla. “La educación es la solución”, repitió Carlos Tramutola, uno de sus fundadores junto a Juan Llach. “Me emociono mucho al ver 900 chicos acá y más me emociono cuando veo 200 que este año van a terminar la secundaria y que se suman a los casi 5 mil que participaron en el programa”, señaló.

Carlos Tramutola, fundador de Cimientos

La tecnología y los avances que trae aparejados son positivos en muchos aspectos, aunque, advirtió Tramutola, también generan múltiples desafíos. Retos que solo se pueden afrontar con educación y tres componentes necesarios. “Años de estudio, que por lo menos terminen el secundario; buena calidad educativa y desarrollo de otras capacidades como la creatividad, la percepción, que los robots no tienen”, advirtió.

José Ignacio López

José Ignacio López, correntino de 25 años

“Vengo a contarles todo lo que pasé para cumplir mis sueños”, comenzó José Ignacio López, correntino de 25 años. Su historia parte de una familia muy humilde. Su padre, albañil; su madre se la rebuscaba con changas como costurera. José -o Nacho- se destacaba en su clase, pero los libros, cuadernos, guardapolvos no se pagaban solos. Caminaba 5 kilómetros para ir la escuelas todos los días. Dice que “quería ser alguien en la vida”.

En 2008 accedió a la beca Cimientos. Le pidieron, sobre todo, buenas calificaciones y asistencia ejemplar. “Lo tenía porque era un nerd”, dijo entre risas y reordó una conversación con su padre. Él le preguntó qué quería ser. Su respuesta fue “abanderado”. Al poco tiempo, su papá murió y esa charla se convirtió en el motor de su esfuerzo. Estudió, estudió y lo logró.

Una vez que terminó la secundaria, quiso seguir sus estudios, aunque chocó contra una barrera. En Corrientes no dictaban Ciencias Económicas, la carrera que a él le gustaba. Se decantó entonces por profesorado en economía y llegó a cuidar a bebés, aprendió a cambiar pañales para pagar sus libros. Cuando se recibió, su familia lo recibió con un cartel en su casa: “Felicitaciones, profesor Nacho. Sos el orgullo de la familia”. No conforme con eso, con una amiga tomaron la decisión de mudarse a Capital con la plata suficiente para vivir un mes. Hoy estudia economía en la UBA y trabaja para mantenerse.

Tomás Monzón

Tomás Monzón estudia para contador público

Desde muy chico, Tomás Monzón se debatió entre el fútbol y el estudio. Sus padres, desde los 8 años, le insistieron para que, pese a las dificultades económicas, estudiara inglés, que le iba a servir para el futuro, mientras que él pensaba “para qué lo voy a necesitar, si todos mis amigos hablan castellano”. A los 13, accedió a la posibilidad de una beca. Sus padres destinaron ese dinero para que continuara con su curso de inglés.

Un año atrás, en una feria que reunió a distintas empresas, Tomás vio la posibilidad de postularse solo a dos puestos por su currículum escaso. Uno de ellos era de recepcionista. En la búsqueda se consignaba: “inglés excluyente”. Lo llamaron y la primera entrevista que tuvo fue en inglés. Logró entablar una conversación y sobresalió entre los candidatos.Lo contrataron y tan solo algunos pocos meses después, por su buena labor, le ofrecieron un puesto en finanzas. Él, como estudiante para contador público y con solo 19 años, siente que, al fin y al cabo, valió la pena.

Rocío Pérez

Rocío Pérez vive con sus padres hipoacúsicos

Desde muy chica, debió asumir responsabilidades que excedían su edad. En su casa no se habla. O sí, habla ella, lento y claro, o con lenguaje de señas para que sus padres, ambos hipoacúsicos, la entiendan. Cuando uno de ellos tiene que hacer un estudio en un hospital, por caso, Rocío Pérez los acompaña porque no pueden escuchar cuando los llaman por su nombre.

Con 16 años, de Concordia, Entre Ríos, aprendió por sus propios medios. Se dio cuenta de que su vocabulario era insuficiente. Cuando no entiende alguna palabra, la anota y la busca en Internet o en el diccionario. Busca enriquecer el lenguaje que, por la falta diálogo, en su casa no tiene. Pese a ello, la beca le dio herramientas para continuar estudiando. Está cerca de terminar la secundaria y ya sabe qué hará con su futuro. Estudiará enfermería por su vocación por ayudar para, de ese modo, aportar el dinero que falta en su hogar.

Nahuel Toledo

Nahuel Toledo es taekwondista

La vida de Nahuel Toledo está signada por el dolor y la posterior recuperación. De muy chico, vio a su padre salir por la puerta sin saber que moriría esa misma tarde. Se aferró, entonces, a su madre, sus abuelos y a su pasión por las artes marciales. “Hay veces que había y hay veces que no”, contó el tucumano que arrancó con el taekwondo a los 5 años, pero debió abandonar varias veces por el costo de la cuota; muy alto para su abuelo materno, albañil y único sostén de la familia.

En el colegio, había dos chicos sin padre. “A mi no me hacían bullying porque si no, les decía: ‘te espero afuera’”, comentó. Sin embargo, su actitud cambió al notar el esfuerzo que hacían en su casa para que él estudiara. Fue abanderado en primaria y, ya en secundaria, colaboró como albañil para poder pagar sus viajes y competir como taekwondista.

Sin embargo, la vida se encargó de golpearlo. Una, dos y tres veces. Murió su abuelo materno primero. Después su abuelo paterno y su mamá, después 9 meses internada. “Los agujeritos que tapé por la muerte de mi papá se habían vuelto a abrir”, explicó. Debió salir a trabajar para mantener a sus hermanos. Al mismo tiempo estudiaba educación física y competía. Hoy puede decir que lo logró. Está a punto de terminar la carrera, es campeón nacional e internacional de taekwondo e incluso clasificó al mundial de Corea, pero no pudo ir por los costos. “Siempre hay que levantarse y pedir un round más”, cerró.

Jonathan Yulam

Jonathan perdió la movilidad a los 14 años

Con 14 años, Jonathan Yulam se despertó un día en el medio de la noche, a las 5 de la mañana, para ir al baño. Se quiso dar vuelta en la cama y no pudo. Despertó a su hermano que, de inmediato, fue a buscar a la mamá. En principio, ella no le creyó. “Se hace el enfermo porque mañana tiene examen”, dijo. El llanto de su hijo la hizo darse cuenta de que algo real pasaba. Estaba inmovilizado. Lo quisieron parar y se caía. No podía mover las piernas.

A las pocas horas, ya estaba entubado. Pasó 38 días en terapia intensiva y  cuatro meses en el hospital. El diagnóstico: neuromielitis óptica. Todavía hoy no saben qué fue lo que pasó. Creen que es un virus lo que lo paralizó. Solo en movimiento porque su actitud no se detuvo. Le ofrecieron maestro domiciliario, pero él quiso seguir yendo a la escuela en silla de ruedas. “Va a haber muros, pero si tienen un sueño, sigan adelante”. El suyo: recibirse de arquitecto.

Cristian Miranda

Cristian ahora es tutor en la fundación

Por sus posibilidades económicas, era una quimera pensar que podía seguir ingeniería. Una carrera de más de cinco años de duración, creía, era imposible para él y su familia. De casualidad, se cruzó con un cartel de cimientos. Sin mucha expectativa, se postuló para la beca y logró acceder al apoyo que necesitaba.

Algunos años después, próximo a recibirse como ingeniero en petróleo, ahora está del otro lado del mostrador. Es tutor de los becados. “Les quiero pedir algunas cosas”, dijo de cara a los 900 jóvenes que colmaban el auditorio. “Primero que miren el futuro con una sonrisa. Segundo que tomen sus propias decisiones y que aprovechen las oportunidades, y tercero que crean en ustedes mismos más allá de las dificultades que se presenten en el camino”, enumeró.

FOTOS: Christian Bochichio

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