El Resentimiento convertido en Ley, por Olga Hidalgo de Curiel

thumbnailcolaboradores-190x130Dicen los estudiosos del comportamiento humano que la misma energía poderosa y constructiva que hay en el amor, la hay en el odio, en este caso energía destructiva.

Ramiro Calle, dice: “El odio es una forma extrema de aversión, un modo exagerado de antipatía y rechazo”. El odio es un antivalor, habita en la mente y en las emociones y se expresa a través de palabras y gestos.

Hemos oído y escuchado palabras afrentosas en labios de seudo líderes y lideresas observamos gestos iracundos, negación de la tolerancia, el afán de humillar, ridiculizar a los demás con mordacidad, formas inequívocas del letal veneno. El resentimiento macerado se transforma en odio, los traumas de la infancia, las frustraciones de lo no satisfecho, la envidia hacia los que poseen recursos, los problemas existenciales no asumidos, todas son lamentables secuelas en seres humanos perturbados a quienes en un momento dado les ha tocado mandar, que no gobernar, la Venezuela de todos, carentes de nobleza y generosidad.

Desde que vimos las cabezas en las cacerolas danzando en el aceite hirviente que hicieron marco a las elecciones del 98 y que nos diagramaron el propósito y fines de la revolución bonita hemos presenciado el discurso iracundo, descalificante, los insultos desconsiderados y hasta aquel pito, cuyo silbato condenaba, expatriaba, expropiaba bienes y haciendas, una muestra que presagiaba la siembra del odio, para implementar la maléfica lucha de clases.

Con habilidad inocularon en la mente de los débiles que los responsables de sus males eran los ricos y amos del país y así diabólicamente manipulando la necesidad fueron abriendo una grieta profunda entre unos y otros que no podemos negar; luego esa siembra fué regada con doctrina castro-comunista y manos mercenarias, se hizo letal, odio retroalimentado con revanchismo, hostilidad y deseo avieso de que los que piensan diferente sufran las consecuencias de no obedecer el lineamiento único. Esto que vivimos es realísmo viviente, corrosivo y desintegrador.

Se dá vida a una ley que según sus ideólogos permitirá la paz, la concordia, la tolerancia y el amor entre todos y ya no habrá más hechos violentos. Ante tanta magnanimidad, de seguro habrán tomado medidas para controlar la rabia y la ira de la fémina atorrante que hace del insulto su proclama “amorosa” que se transfigura en una estampa apocalíptica; a los camaradas de programas injuriosos donde sobran los improperios mal intencionados, las humillaciones y el ultraje desconsiderado a los contrarios y el mas indecoroso y provocador que somete al escarnio público a los opositores porque cree que el mazo al aire le dá esa fuerza para ultrajar a todos y cínicamente hablar de amor y paz.

La ley en cuestión nos luce como una artimaña para censurar, reprimir, atemorizar, encarcelar, silenciar y cobrar deudas políticas, es decir una patraña legal.

Qué bueno sería que sin inventar esos artificios envenenados dieran muestras fehacientes de respeto y consideración a los demás, porque el amor, la paz, la tolerancia y el respeto son valores que no se decretan, se viven y se dá testimonio de ellos en cada actuación… Qué bueno sería que sellaran la lengua de las maledicentes heroínas y los actos ominosos que protagonizan para hundir a los no alineados con mentiras y abusos de poder, que frenaran el fanatismo vergonzante a los que se creen con derecho a usar la TV de todos los venezolanos para maltratar la honra y el buen nombre del adversario político que distinto piensa.

Nadie puede amar por decreto y considerar a quienes han sembrado odio y maldad, falsía, intolerancia y muerte, dejándoles dicho que solamente la Asamblea Nacional está facultada para legislar sobre delitos, materia penal sustantiva.

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