Semana: El espejo de Venezuela

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El descontento con la política en la Colombia de hoy se parece al de la Venezuela prechavista. Pero el peligro aquí no es el castrochavismo, sino la tentación del autoritarismo, publica en su portada la revista Semana.

Un tema que surge con recurrencia por estos días es que Colombia se puede estar pareciendo a lo que era Venezuela antes de la llegada de Hugo Chávez. En otras palabras, hay tanto descontento con el sistema político tradicional, que es posible que se le esté abriendo la puerta a alguna fórmula de tipo antiestablecimiento. De ahí que también esté de moda por parte de la oposición invocar el fantasma del castrochavismo.

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La verdad es que hay muchas similitudes entre Colombia y Venezuela antes de la revolución bolivariana. Eso no significa que el país vaya a caer en el castrochavismo. Nadie quiere repetir un modelo político y económico que ha sido no solo un fracaso, sino una catástrofe humanitaria. Ningún candidato a la Presidencia quiere vivir lo que está viviendo Nicolás Maduro y ningún pueblo quiere padecer lo que está padeciendo el venezolano.

Pero sí es cierto que los colombianos en este momento quieren algo diferente, como los venezolanos en 1998 cuando Chávez barrió en las elecciones presidenciales. No saben qué, pero sí saben que no les gusta lo que ven. Las encuestas demuestran que los candidatos que encarnan la renovación muchas veces puntean. Gustavo Petro casi siempre está arriba y Claudia López, Clara López y Sergio Fajardo por lo general están en el primer pelotón. Ninguno es castrochavista, pero todos dan la impresión de representar un rompimiento con lo que hay en la actualidad. Es una voz de protesta, sobre todo, contra los partidos.

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En ese aspecto es interesante comparar a la Colombia de hoy con la Venezuela prechavista. Si tocara resumir los cinco factores que llevaron al colapso al país vecino, serían: 1)el desprestigio de los partidos, 2) la caída del precio del petróleo, 3) las medidas de austeridad que requirió ese ajuste, 4) la corrupción y 5) la reelección.

La antesala del ascenso de Chávez fue el Caracazo: los disturbios estallaron en Venezuela a raíz de la caída de los precios del petróleo, lo que había obligado al gobierno a adoptar medidas de austeridad que causaron mucho malestar. En Colombia la baja en el precio del petróleo obligó al gobierno a recortar el gasto público y a introducir una reforma tributaria para aumentar el IVA, lo que ha generado mucho malestar y se refleja en los bajos índices de popularidad del gobierno.

En Venezuela los escándalos de corrupción que tocaron al propio presidente de la república Carlos Andrés Pérez, destituido por la Corte Suprema, generaron un repudio en la opinión pública hacia la dirigencia política tradicional. En Colombia se está produciendo un fenómeno similar con los escándalos que afectan a tres expresidentes de la propia Corte Suprema de Justicia, al vicefiscal anticorrupción y a diversos caciques regionales, por no hablar de los casos de Odebrecht o los carteles de la contratación.

Otro paralelo tiene que ver con los partidos políticos tradicionales. Chávez pasó por encima de Acción Democrática (similar al Partido Liberal) y de Copei (equivalente al Partido Conservador). Estos prácticamente habían desaparecido después de dos reelecciones consecutivas, la de Pérez y la de Rafael Caldera. Algo parecido a los 16 años de Uribe y Santos en Colombia. El Partido Liberal y el Partido Conservador, protagonistas de 200 años de historia, hoy están marginalizados.

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Y hay un símil aún más curioso: el jefe natural de Copei, Rafael Caldera, dio un portazo y se salió de su partido para fundar otro. Es lo mismo que acaba de hacer el expresidente Andrés Pastrana al abandonar el Partido Conservador y querer revivir su antiguo movimiento, la Nueva Fuerza Democrática.
Como se puede apreciar, los escenarios tienes varias similitudes. Solo faltaría el actor principal: un Chávez. Alguien tan radical por ahora no se ve. Pero claramente el terreno está abonado para que surja una figura ajena a la clase política tradicional. Ese es el origen de la teoría del outsider, que en Colombia difícilmente tendría la ideología izquierdista a la que se fue aferrando Chávez después de llegar al poder. Sobre todo después del viacrucis que ha tenido que padecer el pueblo venezolano con un régimen bolivariano radical, autoritario y corrupto.

Porque así como hay elementos parecidos, también hay algunas diferencias. La principal es de magnitudes. La riqueza petrolera en el país vecino es enorme: tiene las reservas petroleras más grandes del mundo. El boom de los años setenta, cuando se nacionalizó la industria petrolera, no tiene parangón en Colombia. Tampoco lo tiene el tamaño de la corrupción que se alimentó de la estructura económica rentista. Por la misma razón, la caída de los ingresos en los ochenta fue mucho mayor que la que afectó a Colombia en los últimos años.

También hay divergencia en la tradición de los partidos. Los de Venezuela eran rígidos, con estructuras de mando sólidas y disciplina impuesta desde arriba: desde las cúpulas, que allá llamaban cogollos. Al final Chávez se aprovechó de la indignación contra esa ‘cogollocracia’, que llegó a contaminar no solo al gobierno y al Congreso, sino los sindicatos, las elecciones de rectores en las universidades, hasta los medios de comunicación. Los partidos colombianos han sido más flexibles y menos autoritarios. En realidad su debilidad actual obedece a su exceso de indisciplina. Las disidencias son frecuentes y la gente entra y sale de los partidos sin mayores consecuencias. Eso explica los actuales 28 movimientos por firmas que rayan en lo ridículo.

La fuerza de las instituciones también ofrece dimensiones distintas. A pesar del descrédito actual, las de aquí son más sólidas que las de la Venezuela prechavista. Y si en algún lugar se aprecia esa realidad es en el Ejército. Un golpe de Estado como el de Chávez contra Carlos Andrés Pérez en 1992 es impensable en este lado de la frontera. Venezuela había vivido décadas de dictaduras militares en los siglos XIX y XX. Colombia en cambio ha tenido una tradición de gobiernos civiles –con la breve excepción de cuatro años bajo Rojas Pinilla–, y recientemente las Fuerzas Militares jugaron un papel clave para hacer viable el proceso de paz con las Farc, en obediencia a la autoridad civil, a pesar de su tradicional escepticismo hacia la negociación con el enemigo.
Lo anterior significa que la similitud del descontento institucional de la Colombia de hoy con la Venezuela de los noventa no necesariamente tiene que conducir al mismo desenlace. La crisis humanitaria del país vecino se ha convertido en el tema de conversación que preocupa a todo el mundo en Colombia, desde la treintena de precandidatos presidenciales hasta los ciudadanos del común.

Como el castrochavismo no está en el horizonte, en Colombia se vislumbra una tentación autoritaria. En un país sin credibilidad en los partidos, en la Justicia, ni en el Congreso, y en estancamiento económico, lo que menos tiene posibilidades de ganar una elección es lo que represente el establecimiento. En esas circunstancias se anhela una fórmula que combine la autoridad con la lucha contra la corrupción. Esta no necesariamente es de derecha ni dictatorial. El espectro va desde “el que diga Uribe” hasta Claudia López. Los moderados, los de centro y los que no hablan duro por ahora van en desventaja.

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