Freddy Paz: Intolerancia

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No son fáciles los momentos que nos han tocado vivir a los venezolanos. La

escasez de todo tipo: alimentos, medicinas, buenos servicios, seguridad, justicia, salud, entre otros; crea en la sociedad, un sentimiento de desazón y desesperanza que amenaza seriamente la estabilidad emocional de todos los que en esta tierra habitamos.

Los venezolanos, somos víctimas de la inflación más grande del mundo, nuestro signo monetario una y mil veces devaluado, nos empuja por el barranco de la pobreza, desmejorando la calidad de vidad de todos.

No hay ingreso económico que alcance para cubrir las necesidades más básicas de las familias, mientras que la maquinita del dinero inorgánico hace de las suyas para cubrir la voracidad de liquidez de un gobierno que se encuentra inoperante ante esta debacle de nuestro sistema financiero, al punto que la escasez ya llegó a la puerta de los bancos porque ni siquiera hay dinero en efectivo.

Es ya reiterativo enumerar una vez más todos los problemas que nos aquejan a diario y que todos bien conocemos porque los padecemos en carne propia, así que es huelga extenderse sobre los mismos una y otra vez.

El gobierno ha tratado con una política tercermundista, retrogada y autoritaria, de imponer un control total de la ciudadanía, haciéndonos cada vez más dependientes de un estado populista que fracasó y que producto de la corrupción está quebrado; que no tiene ni el dinero ni las ideas para seguir comprando conciencias y trata de recomponer su estrategia imponiendo más y más controles, con los cuales nos hundimos y nos aislamos para alcanzar progreso y bienestar colectivo.

Pero a mi manera de ver las cosas, el más grave de nuestros problemas es la intolerancia. Una intolerancia que es producto de 19 años de discurso de odio, guerrerista, con profundos ribetes de segregación y discriminación social y mala política.

Han intentado con cierto éxito sembrar el odio en el corazón de los venezolanos, odio por nuestros hermanos, indolencia por nuestros padeceres. Diera la impresión de que esa indolencia campea por nuestras calles y que cada quien anda en lo suyo, buscando como resolver sus precariedades sin importar las de su vecino o en muchos casos, las de su propia familia.

Nos hemos vuelto tan intolerantes que hemos perdido la objetividad de la crítica ó el poder de disentir, y entre nosotros mismos jugamos a hacer leña del árbol caído sin dejar siquiera que sus ramas toquen tierra. Todos queremos inmediatez al costo que sea y muchos de nosotros nos creemos dueños de la verdad absoluta. Satanizamos hoy lo que ayer aplaudimos. Sin una propuesta ó hoja de ruta, que pueda cambiar o dar solución a la realidad existente.

Somos testigos de la inconformidad. Los que ayer demandaban salidas democráticas hoy que se abre una ventana electoral, piden salidas por la fuerza que saben inviables. Hacen tribuna en las redes sociales para defenestrar y descalificar a unos líderes que han apostado todo, hasta su pellejo por rescatar a Venezuela. Califican de vendidos, de cooperacionistas a quienes han mantenido y mantienen de manera ecuánime la lucha por la democracia en Venezuela.

Sin duda el problema venezolano es de carácter político y su solución debe ser también política. No es sobre la sangre de unos y otros que habremos de salir adelante. Pero nuestro problema también es de conciencia. Debemos estar conscientes de que queremos para nuestro país, para nuestros hijos y nuestros nietos y entender de una vez y para siempre que la lucha es de todos y para todos y que el objetivo es uno solo, sacar a nuestro país de la miseria y la desesperanza para construir una nación grande, unida y prospera que es el sueño de todos los que amamos a nuestra tan depauperada Venezuela. Y dónde entendamos, que a pesar de nuestras diferencias naturales, seamos capaces de entendernos, y no destruir lo que juntos, hemos construido hasta hoy.

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