La vejez sin escenarios, ¿cómo se jubilan los artistas?

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Cuando duerme, Alberto Restuccia tiene miedo de que el techo de su casa se le caiga encima. Desesperado por su economía, hace dos semanas publicó “un pedido de auxilio” en su cuenta de Facebook: “A los 75 estoy en la indigencia, se agradece una ayudita”. Este dramaturgo no recibe jubilación, está enfermo y sus únicos ingresos son dos pensiones que, juntas, apenas le alcanzan para llegar a mediados de mes.

Cada vez que le preguntan por su situación habla de cimientos devastados: los del hogar humilde en el que vive y los del hogar en el que su compañía, Teatro Uno, brilló hasta 1999, cuando fue desalojado del local. Cuenta como si lo hubiera visto, aunque no estuvo allí, que hace algunos años dinamitaron el escenario y las butacas de hormigón de la sala, haciendo explotar los cristales de un bazar de la cuadra y asustando a los mozos y comensales del bar La tortuguita, otro antiguo vecino del barrio. “Era el único teatro de Uruguay que ningún incendio podía destruir. De esos escombros se levantó un gimnasio”, dice con desprecio. “Un gim-na-sio, te lo juro”. Desde entonces, cojeando por sus caderas heridas, actúa en bares.

Restuccia tiene 75 años y más de 100 obras registradas en Agadu. Empezó a escribir, dirigir y actuar a los 19 y ahora, sentado en una vivienda de un solo ambiente empapelada con fotografías suyas, afiches de los espectáculos que creó, recortes de prensa que lo elogian y una exposición de premios ganados, un puñado de patologías le recuerdan que ya no es joven y que en todo este tiempo que lleva subiéndose al escenario nunca realizó aportes para su seguridad social.

El suyo es un escenario cliché entre los artistas veteranos. Para demasiados colegas los aplausos en la juventud y la indigencia en la vejez van de la mano. Él, incluso, tiene la suerte de que el Estado le otorgó una pensión graciable —por su aporte a la cultura— que le asegura el ingreso vitalicio de unos $ 15.000 mensuales y además Agadu le paga casi $ 4.000 por concepto de reconocimiento autoral. “Otros ni eso”, explica este actor.

Del otro lado del teléfono, Eduardo Larbanois enumera a sus maestros que murieron pobres: Alfredo Zitarrosa, Eduardo Darnauchans, Osiris Rodríguez Castillos, Aníbal Sampayo… y se detiene: “Yo me niego a terminar como ellos y que esto les siga pasando a mis compañeros”, dice. Pero tal y como están las leyes, su carrera de 51 años de músico, en su mayoría sin aportes al Banco de Previsión Social (BPS), tampoco le permitirán cobrar en la caja de jubilaciones.

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