José Aguilar Lusinchi: Un día en la resistencia

José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi
José Aguilar Lusinchi @jaguilalusinchi

 

ADVERTENCIA: Todas las características que servirían para identificar a los personajes, fueron cambiadas con el fin de protegerlos.

Eran las cuatro y cuarenta y cinco de la mañana de un día cualquiera de la semana. Adrián Campos de 21 años ya esperaba su primer encuentro del día, mientras pensaba en su mamá que vivía en Maracay. Un Chevrolet Astra de color verde se acerca, y con un movimiento de manos a distancia hacen el saludo de rigor. Fue rápido. Veinte escudos, veinte pares de guantes, quince cascos y dos mascaras para el gas. ¡Hijo… Dios te cuide! y con esa frase la señora de cuarenta y tantos años se despidió.

Mamá. Todo bien. Dale un beso a la abuela. Las amo. Decía el mensaje de texto que envió antes de salir a la marcha. Con la luz del sol logré ver su rostro y me parecía conocido. Hace semanas que no sabe nada de su quinto semestre en ingeniería metalúrgica. Su sueño de especializarse en inspección y control de la corrosión fue desplazado por la libertad de su país. Una cosa no puede darse sin la otra, repetía una y otra vez. De pronto lo recordé, esa mirada ya la había visto en todos los héroes del cine y la televisión, con la extraña diferencia de la realidad.

Cinco kilómetros separaban el punto de salida con el destino. Meta –acrónimo por sus estudios supongo- era el nombre usado para referirse a él. Un libro ya me había mostrado lo que veía en aquella escena. Por un segundo recordé la vida del general romano Marco Macrino. El respeto y aprecio se sentía en la forma de cómo lo saludaban sus compañeros. Empezamos a caminar. Corrimos. Caminamos de nuevo. Cantamos. Nos emboscaron. Gritamos. Seguimos corriendo. Resistimos. Me miró. Quédese aquí que voy al frente, y se fue.
No lo guía la razón. Tampoco la lectura. No entiende de constitución y menos de políticos. Lo guía el instinto. Un instinto de saber que a pesar de que trabaje no tiene futuro. Un futuro sin salud, sin trabajo y sin comida. Un título de ingeniero que no rinde ni para ser taxista. No tiene ningún rasgo de miedo, para él esto es un deber consigo mismo. Sigue su instinto. Esto lo diferencia y le crea un tremendo coraje, que al menos quien escribe sólo había visto en una persona.

Aquel día recibió dos perdigones, se asfixió con lacrimógenas, armó barricadas, sacó a varios infiltrados, transportó un herido en motocicleta y ocultó herramientas de trabajo. También fumó diecisiete cigarrillos, comió media arepa con algo que parecía atún y un pan con mantequilla. Esto es resistencia, decía, al verme comer lo mismo.

Cuyagua. Es el sitio al que quiere ir al conquistar la libertad, comentó de camino al refugio. Allí querría encontrarse de nuevo con el surf, la playa, la fogata y los amigos. Además de las chicas, añadí. Entonces, por primera vez en todo el día, sonrió. Allí supe que la vida lo había obligado a crecer en casi setenta días.

Murió otro chamo. Tenía 17 años, dice uno de nuestros acompañantes. ¿Seguro? preguntó. Confirmado, una lacrimógena le rompió el pecho, mostrándole de seguida un video. Su rostro cambió de color y de muchas otras cosas. Me miró directo a los ojos. Nunca había visto llorar a un hombre de esa forma. Le pregunté si le conocía, y con un gesto de cabeza entendí que no. A pesar de eso, lloró como si le hubiesen arrancado una parte de él. Al siguiente amanecer me despedí, sin tener la posibilidad cierta de poder contactarlo nuevamente.

Usted apreciado lector sabe que existen cientos, quizás miles de Adrián Campos en el país. Jóvenes que viven a diario la tortura de enfrentarse a una guerra desigual que no eligieron pelear, sólo a la espera de conquistar la Venezuela que todos soñamos. Esa Venezuela que existe en las acciones que estamos destinados a realizar.

Preocupa el hecho que jóvenes como Adrián sean catalogados por algunos sectores como delincuentes, malandros, infiltrados chavistas, o incluso en su aspecto más suave, radicales. Contra estas palabras que nacen del desconocimiento, recuerdo que nuestra historia de lucha ha demostrado que incluso nosotros hemos tenido personajes similares. No podemos olvidar a todos aquellos que han traicionado el camino democrático, para aliarse con este gobierno dictatorial.

Luego de conocer a Adrián y pasar veinticuatro horas junto a la resistencia, entendí que quizás he fracasado como político, al no poder canalizar su forma de protesta, su frustración y su llanto en silencio.
Si mis letras sirven para encaminar mi deber en esta lucha por la libertad, las entrego todas. El autor.

José Aguilar Lusinchi
Joven Político Venezolano
jaguilarlusinchi@gmail.com
TW: jaguilalusinchi IG: jaguilarlusinchi

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