Soltar, deja ir, desprenderse de los apegos

Foto © Aina Climent Belart

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Entre las orillas del dolor y el placer fluye el río de la vida. Sólo cuando la mente se niega a fluir con la vida y se estanca en las orillas se convierte en problema. Fluir quiere decir aceptación, dejar llegar lo que viene, dejar ir lo que se va.                                                                                                                                                                                                    Sri Nisargadatta Maharaj

Estamos en otoño. Los árboles se tornan de colores rojizos y día a día van perdiendo sus hojas, que van rodando por las calles. También para nosotros, seres en proceso de crecimiento, es tiempo de soltar y dejar caer. Tiempo de desnudarse, como se desnudan los árboles en otoño, y desprenderse de lo que nos sobra, como las hojas que fluyen en la corriente de un rio. Es momento para la renovación, de ir hacia la esencia, de dejar morir y abandonar todo lo  que nos pesa, ata y limita. De soltar aquello que nos impide fluir con la Vida: los apegos.

Cabe preguntarnos: ¿A que estoy apegado? ¿De qué necesito desprenderme? La imagen es soltar, dejar de retener, abrir la mano y dejar ir. Desprendernos de objetos materiales  que puedan servir a otros. Dejar de aferrarnos a relaciones insanas, dependientes y dañinas. Soltar nuestro apego a la tristeza, el vicio de la melancolía. Soltar viejas creencias y resistencias. Soltar ideas locas, esas fijaciones cognitivas que arrastramos desde la infancia. Soltar y dejar atrás el peso de los condicionamientos de las relaciones con nuestros padres en la infancia.

Atreverse a hacer algo nuevo, dar rienda suelta a algunas emociones, por ejemplo el enfado. Algunas personas no se atreven a enfadarse por miedo a ser abandonadas y luego reaccionan  desde una agresividad pasiva. Aprovecho para reivindicar el valor de la protesta como paso previo a la aceptación, la protesta como sana autoafirmación de la propia existencia y signo de una  buena autoestima.

Soltar culpas, resentimientos y rencores. Perdonarse y perdonar. Soltar miedos, esquemas mentales, rutinas, vicios y malos hábitos. Ejercitar el desapego. Atrevernos a ser libres, atrevernos a Ser, caminar ligeros de equipaje, como El Loco, el arcano del Tarot. Perder el miedo a perder.

Verdaderamente, la práctica del desapego nos conduce a la libertad interior.

Son muchas las capas que hay que ir abandonando para llegar a la esencia. El camino requiere soltar lastre, ir despojándose de condicionamientos, creencias y limitaciones, vislumbrar ese lugar de quietud en nuestro interior y quedarse a vivir en él. Hace unos días tuve un bonito sueño: me encuentro que mi casa (que no es mi casa real) ha sido asaltada, pisada, revuelta. La miro y no doy crédito, sorprendida me pregunto: “¿cómo he permitido que esto sucediera?” De pronto me toco el corazón y me digo: “mi corazón no puede ser destruido, este es mi verdadero hogar y es inalterable”. Es cierto, pase lo que pase nuestra esencia está intacta.

Necesitamos aprender a desprendernos de lo viejo para abrirnos a lo nuevo, sin embargo la tendencia es aferrarnos “con uñas y dientes” a lo familiar y conocido, actitud vital que termina conduciéndonos inevitablemente al sufrimiento. Cuando tomamos conciencia de la impermanencia inherente a la Vida y la fugacidad de todos los fenómenos, de que lo único que tenemos en realidad es el ahora, empezamos a ejercitar el desprendimiento como actitud vital y aprendemos a fluir con los acontecimientos, lo que nos conduce hacia la auténtica libertad.

Ojos de niño

Muchas veces los cuidadores o padres de nuestros niños, inmersos en nuestras dinámicas de personas adultas y estresadas no somos capaces de ver con fragilidad la naturaleza de los niños, ésa tan delicada y frágil que debemos preservar y extender en la medida de lo posible en el tiempo.

Existen los padres que desean que sus hijos crezcan pronto, que sepan resolver por ellos mismos diversas situaciones, esto con la finalidad implícita de liberarse de responsabilidades y comienzan a darles tareas que no corresponden a sus edades, sin darse cuenta de que la niñez es tan fugaz y tan determinante en la vida de una persona, que cuando nos damos cuenta esos pequeños niños en un abrir y cerrar de ojos ya son adolescentes y cosas que nos quitaban el tiempo, que incluso nos generaban molestias por interferir con lo que realmente queríamos hacer, ya solo forman parte de nuestras memorias y ellos son cada vez más independientes, más autosuficientes.

niño-en-barco

Estar a cargo de un niño es una responsabilidad mayor y a su vez es un gran privilegio. Evidentemente lleva consigo sacrificios, trasnochos, frustraciones, tristezas, pero definitivamente las satisfacciones siempre ocuparán los principales espacios.

Un niño tiene una manera particular de ver la vida, está centrado en el ahora, no sabe vivir otro momento (básicamente porque no se puede), por eso se impacientan tanto con expresiones como: en navidad ocurrirá tal cosa, o falta un mes para tu cumpleaños, o dentro de dos horas jugamos, su noción del tiempo es diferente y pueden estar, sin la intención de agobiarnos, preguntando constantemente: cuántos días faltan para mi cumpleaños!?

el niño

No desesperemos ante sus continuas preguntas, ante sus dudas, ante su necesidad de afecto y de atención cuando consideramos que no tenemos el tiempo suficiente o tenemos otras cosas que atender. Obviamente cada uno a su manera siempre tendrá múltiples roles a los cuales debe dedicarse adicional a cuidar a un pequeño, pero ninguno tiene la importancia que éste.

El compartir con un niño nos abre los ojos a un mundo mágico si logramos conectarnos con ellos, nos hace sentir esperanza en la humanidad y en la vida misma, nos dice por segundos que todo está bien, que todo vale la pena. A veces hacemos todo lo demás de nuestra vida, justo pensando en el bienestar de nuestros hijos, estudiamos, trabajamos, ahorramos, nos sacrificamos, pero no les dedicamos a ellos el afecto y el tiempo que realmente necesitan y terminamos desvirtuando las prioridades.

Niños con estrellas

No quitarle a nuestros niños sus sonrisas, ésas que aparecen con tanta facilidad y pueden opacarse con un llamado de atención fuera de lugar, solo porque en ese momento nosotros no estamos dispuestos a dedicarles la atención que nos demandan, debe ser una de nuestras metas. Respetar sus sueños, aunque nos dé miedo que sufran por no poderlos alcanzar, esos miedos son nuestros y no debemos transferírselos a ellos, si les damos la confianza y los enseñamos a confiar en ellos mismos, nada será inalcanzable.

Su inocencia debe ser parte de ellos mientras su infancia esté en curso, ellos crecerán y ya sabrán que Santa no les da sus regalos de navidad, o que el Ratón Pérez o el Hada de los Dientes no es quien se lleva sus dientitos. Crecerán y se darán cuenta de que realmente no hacemos magia y desparecer esos pequeños juguetes en nuestras manos era solo cuestión de agilidad. Crecerán y ya no le interesarán los cuentos por la noche, ni nos llamarán para chequear que no haya un monstruo debajo de la cama.

Solo démosle su tiempo, con el mayor amor posible organicemos nuestras actividades para que ellos puedan recibir de nosotros lo mejor, no nuestra versión más ocupada, cansada, obstinada,  sino aquella que tiene la dicha de cuidar de esas sonrisas, esos sueños y esa inocencia que viene en el mismo paquetico de ese ser especial para nosotros.

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Foto © Aina Climent Belart

El sendero hacia la esencia no pasa por perfeccionarnos o “mejorarnos” como mucha gente cree, sino en desprenderse y soltar. El proceso de descubrir quiénes somos consiste en dejar ir, en abandonar todo aquello que nos impide Ser. Soltar abriendo la mano, soltar dejando escapar el aire lentamente diciendo adiós, y sobre todo soltar observando los pensamientos, los patrones de conducta y todo aquello a lo que estamos apegados, sin lo que, realmente, podemos vivir. Observar nuestros apegos una y otra vez derriba los muros de nuestro ego. Esta práctica es, junto con la meditación, una buena compañera en el viaje de nuestra vida.

Desde la perspectiva budista, el sufrimiento aparece cuando nos oponemos al flujo de los acontecimientos, cuando tratamos de aferramos a lo que inexorablemente se va, ya sean personas, sucesos, objetos o ideas. «Todo fluye», decía el filósofo griego Heráclito. Puesto que la vida es un cambio continuo y todo es fugaz y transitorio, es el intento por aferrarnos a una realidad cambiante la causa de nuestro sufrimiento.

Estamos atrapados por nuestra personalidad, dominados por viejos hábitos, creencias limitantes, condicionamientos, miedos y defensas. Nos liberamos cuando dejamos de identificarnos con el ego, cuando renunciamos esa imagen congelada de nosotros mismos, cuando dejamos de aferrarnos a esos mecanismos reactivos y vamos abandonando las estrategias basadas en el miedo.

Nos identificamos con nuestro ego para aferrarnos a algo que nos proporcione seguridad ante la angustia existencial, el devenir de la vida, la muerte. Y ello se debe a que es lo único que conocemos: hemos olvidado lo que somos en esencia, hemos perdido la conexión con el alma. Necesitamos escuchar nuestro corazón y nuestra alma. ¿Y qué anhela el alma? Ser en toda su plenitud, expresarse, expandirse como un Sol luminoso que irradia calor, vida, energía. Cuando permanecemos ahí nos sentimos completos y somos uno con el Todo.

Nuestra esencia es luz, creatividad, amor. Es un Sol luminoso oscurecido por las capas de  condicionamientos que lo envuelven y aíslan. Somos seres espirituales, compartimos una esencia común divina, pero nos hemos construido una coraza que nos dificulta el acceso a ella. Al Ser accedemos estando presentes en soledad y silencio. El Ser se revela al detenernos, permanecer y escuchar. Al atravesar esas capas de condicionamientos y traspasar los límites del yo para ir un poco más allá y más adentro. Cuando se abandona lo que se es para darse la oportunidad de devenir en aquel que aún no se es.

El Budismo y las diferentes vías espirituales nos invitan a transitar la vía del desapego, a soltar y no aferrarnos a nada, a confiar en el fluir de los acontecimientos. El apego emocional trae consigo inevitablemente temor, dolor, angustia y soledad pues antes o después todo cambia, se transforma y desaparece. Sólo en el devenir, en el constante fluir podemos Ser, vivir y amar plenamente.

Texto original © Ascensión Belart.

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